domingo, 2 de noviembre de 2014

RELATOS. El Romanticismo.

     

Los alumnos de 4º ESO han aprendido en clase de Literatura española La corriente literaria más inquietante: EL ROMANTICISMO. Para poner en práctica los conocimientos adquiridos, todos han escrito un relato.

     Aquí dejamos una pequeña muestra del trabajo de nuestros “jóvenes escritores”.

Corría el año 1705, cuando un sacerdote de un pequeño pueblo de España fundó una iglesia. La Iglesia de Todos los Muertos, encima de un camposanto de épocas anteriores. Hoy en día nadie se atreve a ir allí ya que, aun estando de día, la iglesia da mucho miedo. Los muros, corroídos por el paso del tiempo no pueden hacer frente a las enredaderas que discurren a través de ellos. Las ventanas sin apenas cristales se convierten en lugares por donde sólo la luz puede entrar; las puertas, sin su aspecto característico ahora son el lugar donde las arañas tejen  sus enredadas telarañas; el tejado, milagrosamente intacto, muestra que a los espíritus les gusta habitar aquí y hacen cualquier cosa por protegerlo; el suelo, baldosas rojas con cruces blancas alrededor del altar son el único resto que nos puede afirmar que lo que allí había era un bello mosaico, ya que las baldosas se han empodrecido. El rojo ahora es negro y el blanco, gris verdoso. La vegetación que la rodea es densa como si alguien supiera lo que iba a suceder y me intentara avisar para no entrar  en ese lúgubre lugar que aún se vuelve más peligroso en la oscuridad, donde el verde se torna negro y la única compañía que sientes es la de los insectos que viven en la zona.

Desde aquí os escribo, ya que el azar me ha enviado a esta zona para hacer inventario de su flora. Yo pensaba que las leyendas que contaban los ancianos del pueblo eran falsas, pero no, ahora lo veo claro.

Me siento perdido…  creo que este puede ser mi último día en la faz de la tierra.
                                                                                         
                                                                                                                    Tomás Xavier Somoza Salinas 
                                                                                                               


Era un día nublado y parecía que en cualquier momento empezaría a llover. Valeria estaba en casa de su amiga Irene, situada justo en frente de una iglesia antigua y abandonada.
Habían estado estudiando toda la tarde para el examen que tenían el miércoles 14, que era el día siguiente. Valeria miró el reloj y se dio cuenta de que ya eran las diez de la noche, entonces justo en ese momento, sonaron las chirriantes campanas de la iglesia.
¾  Irene, tengo que irme. Se me ha hecho tarde y ¡ya verás la bronca que me va a caer! – dice Valeria con cierto tono de humor.
¾  Está muy oscuro y las calles por las que tienes que pasar para llegar a tu casa son muy peligrosas – le contesta Irene, preocupada.
A Valeria pocas cosas le asustaban así que decidió rechazar la oferte de su amiga de quedarse a dormir con ella.
¾  Está bien, si eso es lo que quieres… Pero llámame cuando llegues a tu casa, ¿entendido?
Valeria asintió a la vez que empujaba la grande y pesada puerta del edificio para salir de él. Emprendió su camino con paso rápido.
 Esa noche, todo parecía más oscuro de lo normal. De repente, el sonido de unos pasos cercanos y firmes tras ella la sacó de sus pensamientos. Se giró para comprobar de dónde procedía pero, para su sorpresa, allí no se encontraba nadie. “Relájate, Valeria, serán imaginaciones tuyas”, pensó. Un grupo de pájaros salieron revoloteando de un árbol y se escuchó un profundo lloro tras él. Valeria sentía, además de miedo y un frío penetrante, una curiosidad inmensa, así que no dudó en acercarse a explorar.
 Irene, en su casa, estaba nerviosa e inquieta. Ya había pasado media hora desde que su amiga se había marchado, sin embargo, el teléfono móvil seguía sin sonar por lo que decidió llamarla ella. Marcó los dígitos correspondientes sintiendo un silencio aterrador rodeándola. Esperaba impaciente escuchar la voz de su amiga, pero en lugar de eso, al ser descolgado el teléfono en la otra línea, escuchó el viento soplar fuertemente que cesó nada más finalizar  la llamada, lo que la puso más nerviosa de lo que estaba.
   Su móvil vibró en la mesa después de haberlo dejado allí antes, y, tras comprobar que el nombre que iluminaba la pantalla era el de su amiga, abrió el mensaje:
 “¡Hola! Ya he llegado a casa, sana y salva, ¿ves como no había por qué preocuparse? Mi madre me ha castigado por llegar tan tarde, ya te contaré. Buenas noches, descansa.”
   Irene, confusa, se frotó los ojos y volvió a leer el SMS. Miró el reloj de la iglesia y comprobó que tan solo habían pasado cinco minutos desde que su amiga la había dejado y que la causa por la que había sentido tanto miedo había sido un simple sueño, producto de su enrevesada imaginación.
                                                                                                                                 Sara Quintas Álvarez

OSCURIDAD

    Su cuerpo entero está tenso como una cuerda de guitarra, tan tirante que parece que podría saltar en cualquier momento. Tiene las manos cerradas fuertemente, los nudillos blancos por el esfuerzo, sus dedos agarran el borde de las sábanas como si éstas fuesen un escudo protector y alguien fuese a arrebatárselas. Su respiración es agitada; su pulso, acelerado. Mantiene los ojos abiertos de par en par y la mandíbula firmemente apretada. Es la viva imagen del miedo, aunque no sabe a qué debería temer.
Desde que se despertó de golpe en aquel lugar, está desorientado. Sabe que está tumbado en su cama, la de su habitación, pero también percibe que ese no es su cuarto. Sumido en la oscuridad, no ve ningún interruptor con que accionar la luz. Lo único que distingue es una ventana y una puerta, ambas cerradas. El ambiente está cargado, una sensación sofocante lo envuelve todo. No hay cortinas ni persiana, y fuera se ve tan oscuro como el interior. Él trata de percibir formas o figuras más allá del vidrio, pero su intento es en vano. Se siente como si estuviese esperando, como si algo terrible fuese a suceder. Algo que lo llena de miedo.

     Tras varios minutos cree observar una extraña luz que empieza a formarse en el centro de la ventana y parece venir de fuera. Al principio piensa que son imaginaciones suyas, pero pronto comprueba que no es así. Parece llena de vida propia y le  inquieta. Es blanquecina, como una niebla densa y venenosa. La luz que desprende se refleja en la habitación, enfocando zonas del suelo al azar.
El aire huele a cosas que se pudren. Cada bocanada duele. El horror lo ha paralizado. Advierte que la escalofriante nube forma unos dedos toscos que  exploran el terreno, lo tantean como si estuviesen buscando  algo. Sabe que lo buscan a él. Se desespera, se siente atrapado, necesita salir de esa peligrosa inactividad.

     Se levanta con cuidado, como si no quisiese incomodar al ser cambiante. Es consciente de que, si hace un movimiento en falso, está perdido. El terror corre por sus venas, pero un instinto animal y profundo prioriza y se pone en marcha. Comienza a andar con la puerta como faro que le va guiando aunque no sabe a dónde lo conducirá, cualquier situación la parece mejor que la actual. Frena en seco al oír un ruido sobrecogedor… Se ha cerrado la puerta y está atrapado. Empieza a retirarse, avanzando lentamente hacia atrás, pero siente una presencia temible a su alrededor. Su pecho sube y baja sin alcanzar apenas aire. Y de repente frena en seco. Se da cuenta de que ha entrado en la zona iluminada por la extraña luz. Gira lentamente sobre sí mismo, y contempla que la neblina se ha condensado, perfilándose. Ahora forma una figura humanoide que extiende el brazo y alarga un dedo. Inmovilizado contempla como lo toca con el índice en el centro del pecho. Podría jurar que está sonriendo. En el instante en que  se produce el contacto, comienza  a sacudirse y convulsionar. La figura estalla y la niebla misteriosa se apodera de la habitación. No respira. Avanza a tientas en un intento desesperado por salvar su vida. Siente que choca contra algo, probablemente una vidriera. Miles de fragmentos de cristal se incrustan en su cuerpo, quiere gritar pero tiene la garganta bloqueada. Sólo está esa maldita niebla que se cuela por sus fosas nasales y lo hace sentirse desquiciado. Llega hasta la cama tambaleándose. Está a punto de perder el conocimiento. Siente sus pulmones anegados de un líquido espeso y frío, frío como la misma muerte.
Entonces lo comprende. Eso que lo rodea por todas partes, que llegó de la nada y se lo lleva con él, eso que lo está dominando todo. No es oxígeno lo que hay en el aire, ya no, entiende con último estremecimiento de horror. Es miedo.

     Al exhalar su último aliento, consigue desbloquear su garganta por un segundo, emitiendo el más espantoso de los gemidos. Cae sobre la cama, y entonces todo es oscuridad.
Más tarde lo encontrarían en su cuarto, tumbado sobre el lecho en una posición extraña y hundiendo las uñas en el colchón, con ninguna magulladura o rasguño aparente, y en los ojos reflejada la locura. Para el forense aquel caso siempre sería un misterio. Ese hombre nunca fue capaz de comprender cómo era posible que alguien se ahogase en una habitación sin agua.

     Nunca nadie lo sabría.
                                                                                                                                 Paula Valiño Ramos

UN HALLOWEEN MORTAL

     Un la noche de los muertos, la familia Harrison, que no creía en esas tonterías, se disponía a cenar como un día normal, mientras, niños y niñas timbraban a su casa pidiendo caramelos. Toda la fiesta terminó a medianoche y cuando todos iban a dormir sonó de nuevo el timbre. Un hombre con capa negra se encontraba tras la puerta. Al abrir el padre el hombre misterioso dijo:

                                                  ¡No creéis, pues os haré creer!

      El padre, pensando que el hombre era un bromista, le dijo a su mujer que no había llamado nadie para no asustarla. Pasaron las horas y nada ocurría, no se escuchaba ningún ruido, cuando de pronto, a las cuatro de la madrugada se abrió la puerta con un fuerte estruendo y todos se levantaron de un salto.

      Los dos hijos se quedaron en la habitación mientras los padres fueron a cerrar la puerta. Todos pensaron que había sido el viento, ya que había tormenta, así que volvieron a dormir.
Al día siguiente la policía rodeaba la casa, todos estaban atemorizados y se preguntaban qué había ocurrido pues no escucharon nada a la noche. La familia Harrison no volvió a ser vista, solo había una nota en su casa que decía:

                                                     “Creed, porque revivimos y existimos”.

     Cada vez que alguien habla de esto suena el nombre de la familia, como un susurro, que proviene del cementerio, justamente de una lápida que pone: “Los Harrison son nuestros”.

                                                                                                                        Marian González Iglesias

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